viernes, junio 30, 2006

Me revientan profundamente los listos.

Así iba a titular una entrada flame sobre cierto tipo de personal, pero mejor voy a dejarlo porque ya está hecha, ya está borrada y ya está el cabreo pasado. De manera queal no ayudar a nadie, la dejaré en ese limbo masivo de las cosas-que-pudieron-ser-y-no-fueron, interesante lugar al que cantó Víctor Manuel en "A dónde irán los besos".

Y es que no ha sido una semana sencilla ésta no...
Y he llegado a una sorprendente conclusión. El número de gilipolleces que tenemos que soportar al día no va en función de lo despierto que se sea. La realidad en la que ahora mismo nado es que tendemos a reflejar nuestras gilipolleces en los demás. Y sustraerse a esto no es sencillo: hay que currárselo, hay que mostrar madurez ante las tonterías que anidan en la mente, hay que aprender a aprender de uno mismo y del mundo... no es sencillo.

Si tuviera que escoger uno de los siete pecados capitales, a lo Vampiro, mi pecado sería la pereza. En una partida que jugué no se me ocurría cómo rolearlo (y conseguir px en consencuencia claro) y pensaba que había pecados mejores para ello.

Y es que los perezosos lo somos en todos y cada uno de nuestros actos y pensamientos.

Es la mía una pereza que nace de dentro, de la consciencia natural de que el enemigo es demasiado grande, porque el enemigo es el mundo, ni más ni menos. Y es que aquí, los retos son en serio. Pues menudo soy. Y la realidad es que, en el fondo, se trata de una excusa barata para no currármelo. Esa es la lectura primera, pero hay otra algo más profunda: es una excusa, igualmente barata, para tomar una identidad propia. Asumámoslo: nadie se enfrenta al mundo sabiendo que va a ganar. Es como si una hoja se enfrentase al árbol del que forma parte. No... es una excusa. Hasta mi inclinación hacia la meditación tiene parte de pereza: una corriente donde el acto supremo es sentarse sin hacer nada. Y encima te iluminas y entiendes todo. Mejor imposible vamos.

Pero hay una tercera lectura, y es la que da esperanza. Que los que somos perezosos simplemente no sabemos cómo convertir nuestra energía en cosas. Y es que ser perezoso es terriblemente cansado. Posiblemente no haya nada que canse más que ser perezoso. Cansa tanto que alguien perezoso está siempre cansado y sin ganas de hacer nada.
Parece ilógico y tonto, pero así es la realidad: estoy invirtiendo una cantidad de energía increible en no hacer nada. Luego esa energía existe, la tengo a mi disposición. Solamente tengo que aprender a convertirla en cosas interesantes.

Me he comprado una maqueta del Cutty Sark. Pequeña y más o menos sencilla de hacer.
Ya veremos qué pasa con ella.

miércoles, junio 28, 2006

Lo bueno de un diario

Hay personas que consideran que lo bueno de un diario es que está lleno de páginas blancas, listas para ser escritas, para llenarlas con pensamientos, con sueños, con gritos, con lo que en ese momento se tenga en la cabeza. Son éstas unas personas que suelen mirar adelante.

Y luego estamos los que pensamos que lo bueno de un diario es hojear lo que escribimos, rememorar lo que pensamos, recordar cómo nos sentíamos y cómo nos afectaban aquellos sentimientos, aquellas emociones, al escribir. Como quien hojea un álbum de fotos y mira la expresiones de las caras y recuerda. Somos éstas las personas que preferimos mirar atrás.

Un diario es tan fiel compañero o tan fiero enemigo como queramos. En sus páginas podemos esconder odios y amores, amistades y enemistades, miel o hiel, lo que nosotros, cocineros irrefrenables, irreflexivos y desordenados, queramos colocar en nuestra personal receta. No siempre es sencillo leer un diario personal. Sobre todo si se es un vago, como yo, un perezoso que busca que le den las recetas hechas, pero que tontamente busca en ellas nuevos y originales sabores, a pesar de saber que no encontrará nada de eso si no se lo curra un poco. Hay momentos en que la vida sabe a spaguettis recalentados en el microondas.

Y tengo la impresión de que ese será el sabor que encontraría si me dedicase a leer hacia atrás en este blog. Me encontraría con viejos problemas, con viejas malas soluciones, con viejos discursos, con viejas disculpas y viejos experimentos. A lo mejor este experimento que hago ahora mismo un día me parece viejo. No, nunca leo hacia atrás por pereza y por miedo de lo que esa pereza me ha hecho, y me sigue haciendo. Potencial desperdiciado.

Es facil engañarse a uno mismo: solamente hay que mirar hacia otro lado, hacia afuera, y pensar que ese tío del espejo es otra persona. Pero cuando se vuelve la mirada hacia las vísceras entonces la realidad te salta a la cara como un chorro de ácido, cruel y abrasador. Y no queda otro remedio que volver a ser un Joker de la vida, con una falsa sonrisa nacida de una falsa alegría.

Y mientras tanto los granos de arena caen, imperturbables, sobre mi cabeza y se amontonan alrededor mío. Ya hay una pequeña montaña. Llegará un momento en que me cubra del todo. Y miro alrededor y veo que hay personas que se dedica a hacer castillos en la arena y que hay otras que nos quedamos mirando estúpidamente el chorro dorado que cae de las alturas y preguntándonos por qué demonios cae, y qué sentido tiene todo. Adivinen, apreciados lectores quiénes serán más felices.

martes, junio 20, 2006

Hay preguntas que nunca tendrán respuesta clara...

... porque en la diversidad de esta nuestra humanidad, cuando se tocan ciertos temas, es imposible desvincular las opiniones de las vivencias personales de aquellos a los que se hace una de estas preguntas. Solamente hay respuestas personalizadas, las cuales dependen no sólo de esas vivencias, sino de habladurías, de lo que nos han enseñado, de lo que hemos visto en la tele, o de lo que nos han contado. Por ejemplo acerca de si importa o no importa el puto tamaño del pene.

Esta pregunta SIEMPRE ha salido a colación en algún momento en TODOS los grupos estables en los que he estado. Sin poder responsabilizar de esto ni al gineceo ni al androceo. Esto no es tan sencillo, no...

Pero después de haber oido y leido hasta que se me han hinchado las gónadas (las cuales tienen ahora mismo un tamaño de globos aerostáticos con respecto a este tema, dicho sea de paso), es evidente que la respuesta a esta pregunta debe ser siempre a la gallega. Osea, depende.

Claro que siempre es complicado postular sobre este tema porque aquello que postulas siempre estará influenciado (para los lectores o contertulios, claro, avispados ellos que no pierden ni una) por el propio tamaño, o forma, o aguante, o la biblia en verso. O los de las parejas que se hayan tenido en el caso de las chicas. Así, si un chaval dice que hay más cosas más importantes que el tamaño, la peña automáticamente lo tachará de pichacorta, mientras que si lo dice una chica no faltará aquel que diga (o piense) que a esa tía lo que le hace falta es una barra de lomo, casualmente como la que gasta él mismo entre las patas. Hay que joderse. Pero es que a la inversa también tiene tela el asunto, porque si un tío dice que gilipolleces, que lo que a las tías les mola según su experiencia es algo como lo del Nacho Vidal y de ahí p´arriba y que aquellas que digan lo contrario mienten, le caerán ostias (lógicamente por otra parte) hasta en el cielo del paladar por chulo. Eso cuando no le tachen de mentiroso y de acomplejado. Y ya como sea una tía la que diga con sinceridad que a ella lo que le molan son los calabacin-size le cuelgan el sambenito de zorra para los restos. Así de evolucionados y de progresistas somos en los albores del XXI amigos. Y a los idiotas que abogamos por el depende, como no se puede sacar nada de esa descafeinada opinión, simplemente se nos obvia. Idiotas digo por pensar que ese "depende" servirá para aclarar algo.

Incluso hay gente que ha gastado dinero en hacer estudios que han intentado ser rigurosos y objetivos sobre el tamaño del sacro miembro, algo que no ha sucedido, creo, con ninguna otra parte del cuerpo, sin fines médicos claro. Se han creado tablas, se han hecho estadísticas y se han publicado estudios, los cuales han sentado las bases para... nada. Porque aquí cada cual sigue teniendo su opinión, habitualmente sujeta a una eterna duda fruto del bombardeo de racimo al que estamos condenados los ciudadanos y que nos invade la retina con la imagen del maromo ideal, el que realmente buscan las chicas. Men´s Health Powa! Y que tiene una polla enorme, claro. De las películas porno ya ni hablamos. Y es que las cosas no cambian en un par de años o de milenios.

Cuánto daño podría haberse evitado, cuántos traumas podrían haber sido eliminados de raíz con que se hubiera puesto un poco de cuidado en este tema. Cuántas parejas podrían haberse salvado si fuese más sencillo hablar en esta sociedad donde estamos cada vez más apiñados, pero cada vez más lejos, y hubiesen hablado con sinceridad, mirándose a los ojos. ¿Orgasmos fingidos? ¿Frustración sexual? Hablemos por favor, hablemos entre nosotros dejando a un lado chabacanerías y gilipolleces. Porque como tengamos que esperar ayuda de fuera vamos listos. Y esto vale para todo lo demás.

De todas formas este tema viene ya de largo. De muy largo, de hecho. Sería tonto pensar que tiene una respuesta sencilla. El falo ha sido un símbolo de poder en bastantes civilizaciones y sería un error pensar que la nuestra, por el mero hecho de ser la más evolucinada (ja), está libre de esas arcaicas creencias. Por favor, que somos la vieja Europa, un respeto.

Lo que tendríamos que hacer es mirarnos más a un espejo de verdad. Tirar de una vez ese espejo manchado y empañado, rajado y roto, salpicado de máscaras, de frases que hemos escrito a lo largo de los siglos del tipo "Formas parte de los buenos, tío" y "Lo nuestro es lo mejor y quien diga lo contrario miente como un bellaco". Tirémoslo a la basura y vayamos a comprar uno barato, pero nuevo, al todo a cien. Limpio. Y mirémonos de una santa vez. Entonces a lo mejor tenemos alguna posibilidad de arreglar algo.

viernes, junio 16, 2006

Ayer estaba cabreado el cielo.

Y eso que había ganado la selección. Una prueba más de que al cielo, y al universo en general, les importa un carajo el fútbol y los humanos.

La ciudad universitaria estaba oscura a las ocho de la mañana y los truenos hacían retumbar los cristales del CPD. Y yo, sentado en mi silla, al lado de mi ordenador, era testigo del ambiente de supina idiotez que construimos cuando pensamos que tenemos poder para algo relevante. Mirad afuera en un día como el de ayer. Mirad afuera en una tormenta. Eso es fuerza. Eso es poder.

Y todavía hay algún tonto que se pregunta la razón por la cual los humanos hemos creado deidades de la nada. ¡Qué sencillo resulta creer en un Zeus iracundo cuando hay una tormenta violenta! ¡Qué facil debe ser ver a Poseidón entre las ciclópeas olas de un tifón en el Pacífico! Y es que cuando la vida nos pone la Inmensidad delante de las narices las cosas se ven de pronto de una forma muy distinta. La palabra inabarcable cobra el sentido que siempre debió tener.

Una persona cuya inteligencia aprecio me dijo una vez que el firmamento era alcanzable desde hacía unos cuantos años. Ya... claro.

Tendemos a darnos demasiada importancia, a dar demasiada importancia a los logros del ser humano. Tal vez sea porque antes de que llegáramos nosotros, nada ni nadie había dado importancia a nada en absoluto. Que se sepa, claro. Tal vez sea porque, por desgracia, no tenemos otra cosa a la que aferrarnos. Tendemos a ocultar con un orgullo desmesurado que, muy en el fondo, sabemos que somos algo muy cercano a cero si nos ponemos en situación.

Y no ha hecho falta esperar a que el Hubble saque fotos de galaxias a billones de años luz, no. Eso es algo que el ser humano sabe desde que, subido en su rama u oculto en su cueva, hace millones de años, miró hacia el cielo y lo vio cabreado. Tal como ayer.

miércoles, junio 14, 2006

Reinones y Republicones

Postula ese genio del humor que es Terry Pratchett que en el multiverso hay una cosa que viaja más deprisa que la luz ordinaria, y es la monarquía.

A grosso modo el razonamiento parte de que no se puede tener más de un rey y que al morir éste la sucesión pasa de manera instantanea al heredero. Así pues es necesaria la existencia de ciertas partículas elementales (los reinones) encargados de hacer esa transferencia, transferencia que es susceptible de fallar si colisiona en su vuelo con una antipartícula o republicón.

Me he acordado de esto por lo siguiente. Esta mañana, mientras desayunaba con los compañeros del curro, me daba una nueva oportunidad de avergonzarme de la sociedad en la que vivo (por alumbrar el 20 Minutos) y de mí mismo (por leerlo y comentar lo que aparece en él). En la penúltima página del diario venía uno de los pocos textos que merecía la pena: una pequeña columa de Fran Pomares titulada "Telepancarta", en la cual arremete contra Telemadrid por el despliegue mediático impresionante que hizo la cadena el sábado pasado en la manifestación convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo, "echando el resto". Acto seguido recuerda lo diferente del comportamiento de Telemadrid en las manifestaciones contra la guerra de Irak, cuando la consigna era "no mencionar las manifestaciones". Columna corta, pero ilustrativa del trágico hecho que es que aquí todos barren con cepillo de acero hacia su casa, llevándose lo que sea a su paso, y sin importar si lo que está en juego es una cerveza, una campaña electoral o la memoria de un asesinado.

Tengo un buen amigo mío que es republicano hasta la médula. O, mejor dicho, es alguien que ha estado pensando que la igualdad es el objetivo a conseguir entre todos los miembros de una sociedad, y que el gobierno que mejor se adecua a ello es una república. No se lo discuto porque pienso lo mismo que él, aunque con algunos matices.

Pero cuando echo un vistazo a los periódicos, cuando me doy cuenta de lo implicados que estamos los españoles en la marcha y en el bienestar de este pais (ejemplos del estatuto de Cataluña y de las reacciones ante la tregua de ETA muy ilustrativos a este respecto) no puedo evitar pensar que qué carajo, que tenemos ni más ni menos que lo que nos merecemos. Que nos merecemos que los políticos nos tomen por el pito del sereno y ya ni se molesten en ocultar que se están riendo de nosotros. Que nos está bien empleado que hayamos alumbrado una sociedad dividida y desorientada. Que somos adalides de incultura y de mirarnos el ombligo, como siempre lo hemos sido. Que un cuarto de siglo de democracia da para sanear una economía y para hacer que un pais se suba al carro del primer mundo, pero no para sacarnos de la tozudez y cerrazón a un pueblo, ni para convertir a un cenutrio en un ciudadano, ni del mundo ni de ninguna otra parte. Que, lejos de dar soluciones a estos problemas, educando a unas generaciones que deberían salir a comerse el mundo y no quedarse en casa a jugar a la consola de turno, amargadas y enajenadas, estamos permitiendo que se vaya al traste la mejor oportunidad que ha tenido este puñetero pais de hacerse a sí mismo.

Por eso, cuando mi buen amigo habla de una Tercera República Española, sonrío interiormente con conmiseración para intentar ocultarme que mis tripas se revuelven porque ellas son perfectamente conscientes de que estamos tan lejos de esa república como a principios de siglo. O aún más. Y de que no nos la merecemos.

Por desgracia, los Pirineos no son solamente frontera para nubes e ideas (que no para inmigrantes cuidado, en eso somos gente del siglo XXI), sino también para los pobres y sufridos republicones. Y los reinones, que llevan aquí tantos siglos, salvaguardando los valores tradicionales de este pais, y que han medrado, lozanos ellos, como setas después de una tormenta, son multitud, y viven firmemente incrustados en el córtex de la gente. No necesitan ni decir que están.
Pero en cada linea de columnista, en cada palabra de tertuliano, en cada mirada perdida en el Metro, esas malditas partículas nos recuerdan lo que somos. Y alguna antipartícula perdida y despistada nos invita a soñar con lo que podríamos ser.

viernes, junio 09, 2006

Enseñanza oriental.

Hay una frase: el loto solamente florece en el barro.

A nadie se le escapa que es después de haber pasado penurias cuando se disfruta al máximo de una recompensa, que alguien que no haya probado bocado en una semana gozará más de un trozo de pan que Nerón de un banquete en su Casa Dorada.

Lo que sí se nos escapa muchas veces es que el hecho de pasar penurias no implica una recompensa final. Son hechos independientes que, cuando se juntan, dan lugar a una experiencia enriquecedora como ninguna, pero no tienen por qué ir unidos.

No... pero aun así, el pasarlo mal tiene sus compensaciones. Posiblemente tienes la atención de los que te rodean; si no te caes te haces más resistente y, quien sabe, a lo mejor más sabio. Decía Nietzsche que aquello que no te mata te hace más fuerte. Una tempestad hace más recia a la tripulación de un barco; si sobrevive para ver salir de nuevo el sol.

Gracias al factor recompensa, sea en forma de golosina al final del camino o sea de la algo más madura manera que es ver el sufrimiento como algo global que también tiene algo positivo, el caso es que hay muchas personas en este mundo que nos hemos especializado en pasarlo mal. Que llevamos pasándolo mal mucho tiempo, a pesar de tener vidas estupendas (por lo menos yo), y dejamos que cada instante se diluya en un mar de recuerdos de los que solamente quedará... nada. Porque habrá un momento en el que nos habremos ido para siempre.

No voy a entrar a analizar esta vena masoquista personal que arrastro. Pero si alguien siente curiosidad por averiguar la razón que me hace tan cercano al Zen, la tiene en esta entrada.

Lo único que sé es que mi barco avanza por el mar buscando tempestades, sin más objetivo ni rumbo que pasarlas. ¿La razón? No tengo otra que no sea mi barco.